jueves 5 de noviembre de 2009

A vueltas con el oficio de editor

Estos días he recalado en la lectura de una de esas perlas editoriales que de vez en cuando se encuentra uno paseando de librerías. Esos paseos, marcados por lo impredecible, llegan a ser fructíferos si uno está dispuesto con ánimo aventurero, y con los sentidos atentos a cualquier mínimo detalle que le ponga en la pista de una buena cacería.
El flâneur, amigo de lo anecdótico, lo mínimo, el detalle, lo imprevisto, los recobecos, la dirección única, los encuentros fortuitos, no está reñido con el espíritu despierto, con la mirada atenta, con la sensibilidad a los dedos, a la caza de una cubierta llamativa (cada vez más difíciles de encontrar), un texo de contra sugerente (rara avis más difícil aún), un índice, si lo hay, convincente, y una mínima cata lectora fructífera, gratificante.


Mucha incursiones de paseante errático en busca de lectura me hacen recalar en mis caladeros habituales en Madrid: Rafael Alberti, Pasajes, Polifemo, Machado... En uno de mis desvíos por librerías -uno siempre anda de desvíos por la vida, intentando retomar las distintas trayectorias perdidas- calló en mis manos una de esas perlas, En defensa de los ociosos, de R.L. Stevenson (Gadir, 2009, en traducción de Carlos García Simón), un librillo de los de compra por impulso, ahí, inocentemente colocado por el librero junto a la caja registradora, esos de los que te percatas justo cuando te estás llendo de la librería con las manos vacías, oportunidad de gracia para todo visitante que no se resiste a marchar con las manos vacías de un lugar (cueva del pensamiento, morada de la imaginación) que, como la librería, nos ha acogido con mino durante varias decenas de minutos.


Ya no tanto por sus páginas, un suspiro, como por su invitación politicamente incorrecta a la gasconada, el librito se deja leer de un tirón, dejando un buen sabor de boca, por lo que tiene de provocador, de contracorriente, de actual, de plantado. Una muestra: "Además de la lectura, hay muchas otras cosas que resultan moletas, y no pocas que se vuelven imposibles, en el momento en que un hombre ha de usar anteojos y no puede caminar ya sin bastón. Los libros son, a su manera, beneficiosos, pero no dejan de ser un pálido sustituto de la vida".

Toda una petición de principios que se ajusta poco con la moralina que destilan tantos planes de fomento a la lectura de muchos gobiernos que se empeñan en hacer de la lectura una especie de religión, de obligación, y que al libro dotan de ciertos poderes mágico-tránticos. La lectura no puede ser un absoluto, sobre todo en una vida, como la nuestra, trasunta de biografía (no toda lectura recala de la misma manera en las distintas etapas de la vida) y marcada por la transitoriedad (nuestro tiempo es finito, y aunque la lectura y los libros nos acercan intuitivamente a la inmortalidad, no dejan también de recordarnos lo efímero de nuestra vida).

Aún así, la lectura de estas líneas me ha hecho reflexionar estos días sobre mi profesión, la de editor, que tiene mucho que ver con lo que insinúa Stevenson, pero a la contra. Para alguien cuya profesión se desenvuelve siempre entre libros y lecturas, entre imprentas y librerías, entre autores y editores, palabra viva que florece en unos para germinar en otros, letra impresa (papeles pintados, dice un buen amigo mío) y vida se funden irremediablemente en un mismo bucle. De tal forma que la profesión se convierte en oficio artesano que al crear (que no fabricar) libros me conforma y rediseña día a día como persona.

Entiendo mi oficio en clave personal, o mejor, personalista. Este oficio se vuelve quehacer de artesano, tiene mucho de proyecto vital, donde lectura y biografía se confunden, donde la edición se vive como vocación, llamada a ser algo distinto que me trasciende, acercamiento diario a algo que se intuye pero que nunca se llega a alcanzar. Lo cual no genera frustración, sino constante necesidad de seguir avanzando, en busca de esa melodía donde palabras y formas se acompasen mejor. Oficio artesano que tiene mucho de orfebre, de cincelador, de escultor, de pintor puntillista.
El de editor es además un oficio personal futurible, en tanto que de forma espectante aborda su quehacer mirando siempre hacia delante, al futuro próximo, puestas sus esperanzas y quebraderos de cabeza en el siguiente libro por venir. El editor no se gira nunca hacia la ruina del pasado, cual Angelus novus, un pasado lleno de sinsabores, duermevelas, devoluciones, fracasos, sino que, con la ilusión de un niño, mira siempre hacia adelante, huyendo de la sal que le petrifique su fuerza vital, su entusiasmo, su idea originaria, esa de la que surge todo y a la que todo regresa.

Hago mías, entonces, las palabras de otro editor, que sabe describir mejor que yo esa fuerza que día a día hace de tripas corazón y me permite seguir, con la misma ilusión que siempre, esta tarea que es vida, este oficio que es pasión, esta condena que es dicha:

"Ser editor no es solamente poseer un savoir faire y el recuerdo de ciertas enseñanzas. Consiste, en primer lugar, en manifestar un "querer hacer", aliado con un querer soñar. Es también en ocasiones un "saber sobrevivir". Digamos más sencillamente que es tener un ápice de esa locura que Bourdalouse llamaba aheurtement, o si se prefiere: ser más obstinado que una mula". Las palabras son de Hubert Nyssen, en su libro La sabiduría del editor, publicado por Trama Editorial, en traducción de A. Cabrera Granados. Me quedo con la idea: editor, oficio de mulas.

jueves 17 de septiembre de 2009

Travesía ultramarina a los libros: Juan Domingo Argüelles, poeta


El regreso a la ciudad no sólo implica una repatriación a la rutina, al ruido, al insomnio y al trabajo a deshoras. Grato es volver para, en los momentos perdidos e inesperados, recalar en los pozos donde uno va saciando su sed. Uno de esos mis pozos es la Librería Pasajes, donde esta tarde me esperaba una sorpresa anunciada.


La Travesía, antología ultramarina (1982-2007), el nuevo libro de Juan Domingo Argüelles, nos da a conocer al poeta y al amante de los libros. Juan Domingo, prolífico autor de libros que hablan de la lectura y del libro, reune sus poemas más queridos en esta antología "para España", que publica impecablemente Renacimiento, en su Colección "Azul".


De sus poemas, selecciono uno que podría servir a modo de lema de la labor que por el fomento y la difusión de la lectura, por un lado, y por la desmitificación del libro y la edición, por otro, con tanto acierto ha venido luchando Juan Domingo durante estos años. El poema se titula "Un libro, este libro, cualquier libro", y viene dedicado Para el lector posible:


Un libro,
sin el pensamiento
y la sensibilidad,
no sirve para nada.

Mucha gente que lee libros
olvida esto, pero tú no lo olvidarás.
Lo importante de un libro
no es el libro en sí,
sino lo que suscita el libro,
lo que sucede, irremediablemente,
después de leer un libro,
este libro, cualquier libro.
Tú que lees libros,
por favor, no lo olvides.

miércoles 9 de septiembre de 2009

De regreso de mi "sueño oriental". Entre Venecia y Constantinopla


Los regresos siempre son duros. Mi silencio de estos días es significativo, no logra más que disimular la nostalgia de los días dorados, la melancolía por el retorno, la esperanza ilusionada por volver... Contemplo, como De Amicis, del que ya he hablado en alguna ocasión, la senda que marca el barco en su partida de vuelta: «¡Mi bello sueño oriental ha concluido!», última línea de su maravilloso libro dedicado a una Constantinopla que ya no existe, allá por finales del siglo XIX.


Descubrí Constantinopla gracias a Pamuk, con cuyo Estambul bajo el brazo he disfrutado lo suyo estos días de veraneo, que no de vacaciones, como decía nuestro amigo Constantino Bértolo. La melancolía que a De Amicis le producía la partida le hace acordarse de otro desterrado, de Ovidio, cuyos versos inspiran al italiano: «quocumque auspicias nihil est nisi pontus et aer…». En el frío destierro escribió el poeta las Pónticas. «Adonde quiera que miro, no veo sino mar y cielo el uno, hinchado por las olas».

Constantinopla desaparecía en el horizonte ante la mirada ya nostálgica de De Amicis: «Las dos márgenes de Asia y Europa se reducen a dos tiras negras… Pero la veo todavía a mi querida Constantinopla…». Para un enamorado de esta ciudad, la partida se hace traumática, fuente constante de inspiración: “Más que por la belleza, Constantinopla es una ciudad en que no se puede habitar algún tiempo sin recordarla después por toda la vida con un sentimiento de casi nostalgia. Por eso también los europeos la aman con entusiasmo y echan allí profundas raíces”.

Hago mías las palabras de De Amicis, pero para recordar ahora la impronta que me ha dejado esta cuarta estancia en Venecia. El recuerdo permanecerá vivo, muy vivo, hasta que retorne en un par de años… Comparto con vosotros uno de los tesoros que he traído conmigo: Una postal que nunca escribí, porque al fin mis planes de acercarme a Trieste, ciuadad de Magris, de Zvevo, de Joyce, de tantos..., se vieron truncados por la maldición de aquél que sucumbe ante la poderosa belleza de esta ciudad, que te atrapa y seduce, que te retiene, una vez más… Una postal enviada desde Trieste en 1919, con «recuerdo afectuoso», que recibió alguien en alguna pequeña pensión veneciana… Un afecto que ha permanecido latente desde el 20 de agosto de 1919, como anuncia el matasellos, en forma de recuerdo postal que en su día llegó en tren atravesando la laguna y hoy, tras un viaje en avión, descansa entre los libros de mi biblioteca veneciana.


Con Pamuk viajé de Venecia a Estambul, y de su mano, de la de Amicis y Runciman (su libro sobre la Caída es imprescindible), redescubrí también la Estambul más literaria, Constantinopla, «de día la ciudad más espléndida de Europa, y de noche la ciudad más tenebrosa del mundo». Con Pamuk también descubro nuevas razones para leer, para seguir leyendo y para seguir escribiendo:
«¿Por qué escribo? ¡Escribo porque me sale de dentro! Escribo porque soy incapaz de hacer un trabajo normal como los demás… Escribo no para contar una historia sino para crear una historia. Escribo para librarme de la sensación de que hay un sitio al que debo ir pero al que no consigo llegar, como en un sueño. Escribo porque no consigo ser feliz. Escribo para ser feliz», leo en La maleta de mi padre.
Pamuk me sale al encuentro, además, precisamente estos días, para mí cargados de recuerdos y nostalgias. He comenzado Otros colores y leo en «Mi padre»: «La muerte de cada hombre empieza con la de su padre». Días de nostalgia, días llenos de buena literatura, retorno del laberinto y nuevos comienzos, con proyectos, con la ilusión de volver a tanta belleza…
«Los últimos restos de la neblina se desvanecen, y el tono claro oscuro azulea, resplandece, cabrillea, brilla, ¡es agua, es cristal, es un espejo, es una rada, es un estrecho, es un mar!, ¡ya son dos mares!...».
Días dorados de lecturas y sueños... Seguiremos leyendo, seguiremos soñando.

jueves 30 de julio de 2009

RUMBO A VENECIA: DESCENSO AL LABERINTO

A punto de embarcarme para mi cuarto viaje a Venecia, leo a Pamuk:

"La grandeza de Venecia no es triste, sino alegre y que me alegra. A uno le gustaría ver, contemplar sin cesar esta asombrosa belleza y, en lugar de comprenderla como un hecho histórico, vivirla, revivirla. Aquí mi primer impulso no es comprender, aprender, ni siquiera descifrar y reflexionar, sino mirar, ver, contemplar..."


Ojos atentos, mirada de niño, capacidad de sorprensa, asombro constante ante tanta belleza que se me anuncia pero a la que hay que aprender a descubrir, desvelar, mirar para contemplar. Goce estético e invitación a la introspección. Días de meditación y revelación. Descenso al laberinto.


Venecia es una mujer que te seduce pero a la que hay que saber amar. Si eres dócil, te lo dará todo. Si eres audaz, te descubrirá su secreto. Si te entregas sin condiciones, no la dejarás nunca.


Hasta la vuelta.

miércoles 22 de julio de 2009

DE CAFÉS POR VENECIA

Los cafés literarios, esos lugares de la escritura, como nos cuenta el siempre brillante y seductor Claudio Magris, están irremediablemente ligados a la intrahistoria de cientos de escritores, pensadores y literatos que han mal vivido, durante horas, en sus salones, y escrito sobre sus mesas, en tardes soporíferas de espeso café y, antes, denso humo de conversaciones, tertulias y trifulcas.
Fernando Pessoa, Joseph Roth, Stephan Zweig, el propio Claudio Magris han sido habituales pensionados en cafés literarios de Lisboa, Viena, Berlín o Trieste. Un libro que me fascinó y que repasa la historia de los cafés como espacios literarios es el de Antoni Martí, Poética del café. Pero hoy quiero hablar de dos cafés en concreto, que redescubro literariamente gracias al libro de William Dean Howells, en su libro Vida veneciana, del que últimamente no dejo de escribir.
Howells vivió una Venecia ya decadente, que había perdido su brillo y esplendor, precisamente con la caída de la República Serenísima allá por 1859, por culpa del tratado firmado a espaldas de Italia entre Napoleón III y Francisco José de Austria, por el que Venecia quedó en manos austriacas. La presencia de los austriacos no ha quedado como un recuerdo anecdóctico en la vida de los venecianos, sino que su presencia se sigue haciendo notar en el día a día de la ciudad, tanto en la laberíntica numeración de sus casas (numeros rojos sobre campo blanco en elipsis), como en los dulces de sus pastelerías.
En esos años en los que Howells residió en Venecia, 1861-1865, la dominación austriaca se hizo más intensa en las disputas entre Austriacanti e Italianissimi, frecuentadores respectivamente del Café Quadri y del Café Specchi, este último hoy desaparecido. El Quadri, inaugurado en el lejano 1775 por Giorgio Quadri, que lo abrió al público como café turco, otra reminiscencia austriaca, tenía como habituales en su momento a Stendhal, Wagner, Balzac o Proust.
De los cafés de Venecia, brilla con especial luz el Café Florián, el café literario por excelencia, "atestado de turistas de todas las naciones" ya en tiempos de Howells. Inaugurado el 29 de diciembre de 1720, fueron clientes asiduos personajes de la talla de Casanova, Goldoni, Lord Byron, Goethe o Rousseau. El Florián se convirtió en tiempos de la dominación austriaca en el terreno neutral donde los dos bandos hostiles aceptaban encontrarse de forma distendida.
Y es que la esencia del café literario es precisamente su diplomacia, esa "academia donde no se enseña nada, pero se aprenden la sociabilidad y el desencanto". Magris, en su libro Microcosmos, nos invita a conocer su café preferido, el San Marco, de Trieste, pero sus reflexiones sobre su lugar de escritura trascienden lo local para convertirse en una verdadera poética del café como espacio literario. "Entre sus mesas no es posible hacer escuela, crear alineamientos, movilizar seguidores e imitadores, reclutar discípulos. En este lugar del desencanto... no hay sitio para falsos maestros".
Volveré pronto al Florián, a que me sableen con gracia y mucho estilo, y degustar esa sensación única de anonimato, de desarraigo que todo viaje interior tiene, de decadencia al contemplar una Piazza abarrotada de palomas y turistas. Y allí comenzará mi verdadero viaje: "Sentados en el café, se está de viaje; como en el tren, en el hotel o por la calle, uno tiene consigo poquísimas cosas, no se le puede adjudicar a nada ninguna vanidosa marca personal, no se es nadie. En ese anonimato familiar uno puede pasar desapercibido, desembarazarse del yo como de una mondadura".
Si me encuentras en el Florían, no me saludes, posiblemente no sea yo.

martes 14 de julio de 2009

LA LLAVE DE VENECIA

Me gusta la literatura que se inspira en «ciudades icono». La literatura de viajes y en concreto la dedicada a ciudades emblemáticas ejerce en ciertos lectores una fascinación especial. El género es muy frecuentado por los lectores-escritores que, como Paul Bowles, no se sienten turistas sino viajeros. La clave de todo está en que los lectores-viajeros nos acercamos a estos libros, llegamos a estas ciudades, con los ojos abiertos y el convencimiento de que cuando terminemos la lectura, cuando regresemos de ellas, seremos otras personas, algo habrá cambiado en nuestro interior.


La lectura expectante es lo que provocan libros como Vida veneciana, de Howells (o Constantinopla, de Edmondo De Amicis), que tras la descripción aparentemente prosaica de la vida cotidiana de una ciudad concreta, late toda una sensibilidad y una manera de hacer y vivir la literatura. Una literatura que, como esas ciudades, nos transforma. Por eso hay dos tipos de libros en esto del género «literatura de viajes»: los que se limitan a recopilar rutas, itinerarios y viajes (modelo «de oca a oca y tiro porque me toca», que te deslumbran pero no te conmueven); y aquellos que, por el contrario, te empapan de la idiosincrasia del lugar, provocan un encuentro personal del lector con la ciudad, y te descubren un misterio que se abre al lector atento.
A través de los ojos de Howells, del que apenas disponemos en sus páginas de cuatro pinceladas personales, en su Vida veneciana descubrimos todo un mundo rico en matices, una vida cotidiana llena de belleza, de luz y autenticidad, y a través de esas imágenes, logramos vislumbrar algo de ese misterio de la ciudad, y de paso algo del alma de la persona que nos cuenta todo esto. Otro es el caso del libro del poeta Henri de Régnier (1864-1936) que en Venecia, recientemente publicado por Cabaret Voltaire, y que compila sus Cuentos venecianos (1927) y sus Esbozos venecianos (1906), nos descubre otra imagen de Venecia totalmente distinta a la descrita por Howells.




La Venecia de Régnier es más poética y romántica, está impregnada por el misterio y la intriga, y su lectura nos deja un poso de tristeza y melancolía. Si la invitación de Howells nos lleva a la Venecia de la luz y la vitalidad propia del Gran Canal, la de Régnier nos conduce con pasos silentes por callejones oscuros y jardines ocultos, a la sombra de misterios tenebrosos. Pero en Régnier, como en Howells, late ardiente la fascinación por una ciudad que nos seduce y atrapa:



«Su nombre solo induce al espíritu a ideas de voluptuosidad y melancolía. Decid: "Venecia", y creeréis oír como cristal que se quiebra bajo el silencio de la luna... "Venecia", y es como tela de seda que se rasga en un rayo de sol... "Venecia", y todos los colores se confunden en una tornasolada transparencia. ¿No es un lugar de sortilegio, magia e ilusión?».



De los Esbozos, la parte que más me ha gustado del libro, selecciono «La llave» como el relato con más fuerza, el más redondo e impactante, el más preclaro, que lleva a «tocar» el misterio de esta ciudad. Con un punto esotérico, comprensible para los iniciados en el arte de frecuentar y amar la ciudad de Venecia, la imagen de la llave se erige como el talismán que todos los enamorados de Venecia quisiéramos poseer.


«¡Qué me importa que se me tome por un extranjero! ... Acaso no tengo, en mi bolsillo, mi gran llave negra que me demuestra que soy un verdadero veneciano y que abro la verja de hierro cuya cerradura oxidada, más tarde, hurgaré...». Para todo amante de Venecia, paraíso perdido, la ciudad siempre tendrá un algo de mujer inalcanzable, de misterio nunca descifrable del todo, de gracia inaprensible.


Lo más duro para todo enamorado es saberse siempre extranjero. La llave tiene, por tanto, una carga simbólica de una densidad casi erótica: «cada noche, la gran llave atestigua que no soy, oh Venecia, un vil transeúnte a través de tu belleza, sino alguien prisionero para siempre de su sortilegio, cuyo emblema es esta llave, y que me gusta llevar en la mano como un talismán familiar y como un signo de mi querida cautividad».

jueves 2 de julio de 2009

VIDA VENECIANA, DE W. D. HOWELLS

Posiblemente ninguna ciudad haya generado tanta literatura, tanta pintura o tanto cine como Venecia. Y posiblemente Vida veneciana, del estadounidense William Dean Howells, sea el punto de partida de los libros de viaje que tienen como centro y destino la ciudad de los canales.Se publicó en 1866 y es la autobiografía veneciana de William Dean Howells, que vivió en la ciudad cuatro años como diplomático, y al que Henry James calificó en el artículo que figura como prólogo del libro como uno de los escritores americanos de mayor encanto y sin duda como uno de sus viajeros más eficientes.


Esa eficiencia nace, antes que de la buena prosa de Howells, de su capacidad observadora, de su mirada aguda y minuciosa, dedicada -como él mismo explica- a observar esta VENECIA, que muestra, con respecto a otras ciudades, la misma grata inverosimilitud que el teatro muestra hacia la vida diaria.



Con la suma de esa mirada atenta a los detalles menores y a los hechos triviales, que son los que de verdad definen el espíritu de la ciudad y el tono de la vida veneciana, y con el indiscutible mérito literario que James elogia en el diplomático, Howells escribe un magnífico texto que va más allá de las convenciones y limitaciones de un libro de viajes. Recuerda su llegada a la ciudad, evoca el invierno veneciano y el comienzo del calor, nos invita a un paseo al amanecer, a la ópera y al teatro, nos introduce en las cenas venecianas y en sus peculiares comensales, habla de un balcón sobre el Gran Canal o de las islas de las lagunas o narra sus visitas a las iglesias y describe sus pinturas.

Y a medida que pasa el tiempo y avanzamos en la fluidez del texto, el viajero va ahondando en el conocimiento de la realidad social veneciana, en el análisis del carácter de sus habitantes, con las peculiaridades de los armenios y los judíos de Venecia, muestra los ciclos festivos de la ciudad, las celebraciones navideñas, los rituales de las bodas o los entierros, antes de cerrar los más de veinte capítulos del libro con el recuerdo de su último año en Venecia, recordado siete años después.



Explicaba Henry James que con las dotes de su autor este libro no tenía muchas probabilidades de estar mal escrito. Ahora lo pone al alcance del lector español Páginas de Espuma en una cuidada edición, traducida por Nuria Gómez Wilmes y anotada oportunamente por Francisco Javier Jiménez.

Santos Domínguez
entrada de Revista Encuentros



William Dean Howells.
Vida veneciana.
Prólogo de Henry James.
Traducción de Nuria Gómez Wilmes.
Edición de Francisco Javier Jiménez.


Páginas de Espuma. Madrid, 2009.