martes 14 de julio de 2009

LA LLAVE DE VENECIA

Me gusta la literatura que se inspira en «ciudades icono». La literatura de viajes y en concreto la dedicada a ciudades emblemáticas ejerce en ciertos lectores una fascinación especial. El género es muy frecuentado por los lectores-escritores que, como Paul Bowles, no se sienten turistas sino viajeros. La clave de todo está en que los lectores-viajeros nos acercamos a estos libros, llegamos a estas ciudades, con los ojos abiertos y el convencimiento de que cuando terminemos la lectura, cuando regresemos de ellas, seremos otras personas, algo habrá cambiado en nuestro interior.


La lectura expectante es lo que provocan libros como Vida veneciana, de Howells (o Constantinopla, de Edmondo De Amicis), que tras la descripción aparentemente prosaica de la vida cotidiana de una ciudad concreta, late toda una sensibilidad y una manera de hacer y vivir la literatura. Una literatura que, como esas ciudades, nos transforma. Por eso hay dos tipos de libros en esto del género «literatura de viajes»: los que se limitan a recopilar rutas, itinerarios y viajes (modelo «de oca a oca y tiro porque me toca», que te deslumbran pero no te conmueven); y aquellos que, por el contrario, te empapan de la idiosincrasia del lugar, provocan un encuentro personal del lector con la ciudad, y te descubren un misterio que se abre al lector atento.
A través de los ojos de Howells, del que apenas disponemos en sus páginas de cuatro pinceladas personales, en su Vida veneciana descubrimos todo un mundo rico en matices, una vida cotidiana llena de belleza, de luz y autenticidad, y a través de esas imágenes, logramos vislumbrar algo de ese misterio de la ciudad, y de paso algo del alma de la persona que nos cuenta todo esto. Otro es el caso del libro del poeta Henri de Régnier (1864-1936) que en Venecia, recientemente publicado por Cabaret Voltaire, y que compila sus Cuentos venecianos (1927) y sus Esbozos venecianos (1906), nos descubre otra imagen de Venecia totalmente distinta a la descrita por Howells.




La Venecia de Régnier es más poética y romántica, está impregnada por el misterio y la intriga, y su lectura nos deja un poso de tristeza y melancolía. Si la invitación de Howells nos lleva a la Venecia de la luz y la vitalidad propia del Gran Canal, la de Régnier nos conduce con pasos silentes por callejones oscuros y jardines ocultos, a la sombra de misterios tenebrosos. Pero en Régnier, como en Howells, late ardiente la fascinación por una ciudad que nos seduce y atrapa:



«Su nombre solo induce al espíritu a ideas de voluptuosidad y melancolía. Decid: "Venecia", y creeréis oír como cristal que se quiebra bajo el silencio de la luna... "Venecia", y es como tela de seda que se rasga en un rayo de sol... "Venecia", y todos los colores se confunden en una tornasolada transparencia. ¿No es un lugar de sortilegio, magia e ilusión?».



De los Esbozos, la parte que más me ha gustado del libro, selecciono «La llave» como el relato con más fuerza, el más redondo e impactante, el más preclaro, que lleva a «tocar» el misterio de esta ciudad. Con un punto esotérico, comprensible para los iniciados en el arte de frecuentar y amar la ciudad de Venecia, la imagen de la llave se erige como el talismán que todos los enamorados de Venecia quisiéramos poseer.


«¡Qué me importa que se me tome por un extranjero! ... Acaso no tengo, en mi bolsillo, mi gran llave negra que me demuestra que soy un verdadero veneciano y que abro la verja de hierro cuya cerradura oxidada, más tarde, hurgaré...». Para todo amante de Venecia, paraíso perdido, la ciudad siempre tendrá un algo de mujer inalcanzable, de misterio nunca descifrable del todo, de gracia inaprensible.


Lo más duro para todo enamorado es saberse siempre extranjero. La llave tiene, por tanto, una carga simbólica de una densidad casi erótica: «cada noche, la gran llave atestigua que no soy, oh Venecia, un vil transeúnte a través de tu belleza, sino alguien prisionero para siempre de su sortilegio, cuyo emblema es esta llave, y que me gusta llevar en la mano como un talismán familiar y como un signo de mi querida cautividad».

jueves 2 de julio de 2009

VIDA VENECIANA, DE W. D. HOWELLS

Posiblemente ninguna ciudad haya generado tanta literatura, tanta pintura o tanto cine como Venecia. Y posiblemente Vida veneciana, del estadounidense William Dean Howells, sea el punto de partida de los libros de viaje que tienen como centro y destino la ciudad de los canales.Se publicó en 1866 y es la autobiografía veneciana de William Dean Howells, que vivió en la ciudad cuatro años como diplomático, y al que Henry James calificó en el artículo que figura como prólogo del libro como uno de los escritores americanos de mayor encanto y sin duda como uno de sus viajeros más eficientes.


Esa eficiencia nace, antes que de la buena prosa de Howells, de su capacidad observadora, de su mirada aguda y minuciosa, dedicada -como él mismo explica- a observar esta VENECIA, que muestra, con respecto a otras ciudades, la misma grata inverosimilitud que el teatro muestra hacia la vida diaria.



Con la suma de esa mirada atenta a los detalles menores y a los hechos triviales, que son los que de verdad definen el espíritu de la ciudad y el tono de la vida veneciana, y con el indiscutible mérito literario que James elogia en el diplomático, Howells escribe un magnífico texto que va más allá de las convenciones y limitaciones de un libro de viajes. Recuerda su llegada a la ciudad, evoca el invierno veneciano y el comienzo del calor, nos invita a un paseo al amanecer, a la ópera y al teatro, nos introduce en las cenas venecianas y en sus peculiares comensales, habla de un balcón sobre el Gran Canal o de las islas de las lagunas o narra sus visitas a las iglesias y describe sus pinturas.

Y a medida que pasa el tiempo y avanzamos en la fluidez del texto, el viajero va ahondando en el conocimiento de la realidad social veneciana, en el análisis del carácter de sus habitantes, con las peculiaridades de los armenios y los judíos de Venecia, muestra los ciclos festivos de la ciudad, las celebraciones navideñas, los rituales de las bodas o los entierros, antes de cerrar los más de veinte capítulos del libro con el recuerdo de su último año en Venecia, recordado siete años después.



Explicaba Henry James que con las dotes de su autor este libro no tenía muchas probabilidades de estar mal escrito. Ahora lo pone al alcance del lector español Páginas de Espuma en una cuidada edición, traducida por Nuria Gómez Wilmes y anotada oportunamente por Francisco Javier Jiménez.

Santos Domínguez
entrada de Revista Encuentros



William Dean Howells.
Vida veneciana.
Prólogo de Henry James.
Traducción de Nuria Gómez Wilmes.
Edición de Francisco Javier Jiménez.


Páginas de Espuma. Madrid, 2009.

jueves 18 de junio de 2009

VENECIA EN EL RECUERDO

El verano ya está llamando a la puerta, así que ayer mismo, después de entregar la revisión de los ferros de este nuevo libro, decidí reservar habitación sin más dilación en el Pausania. Volveré a Venecia, por cuarta vez, con el libro en la maleta, a darme un homenaje después de varios meses de trabajo con él. Su traductora, mi amiga Nuria, ya hizo lo propio (y dos veces) hace unos meses, con su familia.


El poder de atracción del libro (que no puedes dejar de leer) es el mismo que produce una ciudad que trasciende el mito y el icono, para convertirse en cita obligada de todos los locos por lo decadente, como John Ruskin, Henry James, Thomas Man, Joseph Brosky, Luchino Visconti o Javier Marías.


Viajero, hispanista, diplomático, poeta y novelista, William Dean Howells recoge en Vida veneciana (Páginsas de Espuma, 2009) sus recuerdos de los dos años en que, en la segunda mitad del siglo xix, residió en Venecia como miembro del cuerpo diplomático estadounidense. En estas páginas, según Henry James, Howells se muestra como uno de los escritores norteamericanos con mayor encanto, gracias a su agudeza y a su vivacidad como observador, y como un viajero sentimental, que nos sirve de guía por los lugares menos conocidos pero más cotidianos de la ciudad de los canales.


Aunque los gloriosos años de la Serenísima República ya han pasado y la ciudad, tras perder su fulgor y su poder, permanece adormilada en manos de la dominación austríaca, aún son muchos los rincones y anécdotas donde late una vida llena de pasión y belleza. El libro está impregnado de cierto tono poético, y por sus mejores pasajes circulan personajes anónimos muy comunes de la vida cotidiana de la ciudad.

Observador incansable y detallista, Howells nos llama la atención hacia gran cantidad de cosas insignificantes que conforman el día a día de una ciudad que no se resiste a olvidar las cosas que hacen que la vida resulte agradable. Howells, según Henry James, está a la altura de Hawthorne, y logra que la literatura sea una parte fascinante de nuestras vidas.

«De la manera más sencilla, sin discursos, sin ostentación ni hipocresías, sino alternando de manera exquisita el humor y la tragedia, Howells consigue reflejar el persistente mutismo de la elocuencia italiana. [...] Howells, en conclusión, es un escritor de descripciones cuyo sentido y perfección, en nuestra opinión, ningún otro escritor americano, excepto Hawthorne, puede reclamar» (Henry James).

martes 2 de junio de 2009

Wall-e y la vida de los mecheros

Unas líneas sobre La vida íntima de los encendedores: Animismo en la sociedad ultramoderna, del escritor mexicano Ignacio Padilla.

Lo primero que nos desconcierta es su título (no precisamente porque sea largo). Cuando tomo en mis manos el volumen descubro que hay algo que me interpela. El libro suscita en mí cierta inquietud que quizá me pone a la defensiva, en tanto que revela cierto misterio perturbador a desvelar; pero que en cualquier caso, como todo lo siniestro, genera en mí tanta expectación, rubor y atracción como cuando me encuentro con alguien, y no me resisto a abrirlo y comenzar a leer.

Este libro oculta un misterio, alguna de cuyas claves Padilla nos reveló en un libro anterior, El androide y las quimeras, donde sostiene:


«Acaso intercambiamos miradas con un desconocido, leemos con alivio las esquelas de una funeraria o cedemos nuestro sitio en el tranvía a una joven hermosa que sin embargo olvidaremos enseguida. Los borramos para defendernos de la memoria pura. Los ignoramos porque no queremos que todos sean alguien para nosotros. O quizá también porque nos aterra la idea de ser alguien para todos. Los olvidamos, en fin, porque en el fondo sabemos que también el anonimato puede ser un deseo velado de la existencia».

Los otros nos perturban, pero más nos inquieta esta soledad compartida ante las cosas. Para sobrevivir a la mirada expectante de los demás, recurrimos al blando anonimato. Para convivir con el silencio pastoso de las cosas, recurrimos, en cambio, a la fábula animista. Este libro, como toda persona, esconde un misterio que me perturba, y entre sus páginas late una promesa, alienta una vida que me interpela.

Decíamos en otra ocasión que el título del libro es su rostro, su cara. En este libro, tras el título, nos deslumbra la imagen de su cubierta: En el gesto simbólico de este hombre (en la sombra, anónimo, inquietante, promesa de algo, misterio latente) que enciende el cigarrillo a la mujer, en este gesto late la ficción animista: con el cigarrillo entre los dedos, la mujer aguarda a que el mechero literalmente la encienda. La apología del alma de los encendedores bulle en la mente de una parte significativa de la humanidad dispuesta a atribuir vida a los objetos inanimados.

«Contra la evidencia científica y la satanización del pensamiento mal llamado supersticioso –sostiene Padilla– la sociedad contemporánea no acaba de aceptar la extinción del alma de las cosas, de la misma manera en que no puede renunciar a los mecanismos defensivos que nos ofrecen la ficción, la imaginación, la fe, y la sugestión que, como el animismo, alguna vez mostraron su eficiencia para sobrellevar el desconcierto, la tensión, el miedo y la creciente soledad que nos provoca el universo material.«

«Frente a la impasibilidad de las cosas, el hombre moderno acude a la ficción animista, porque la lógica sigue siendo insuficiente para desentrañar los más antiguos misterios que aquellas nos suscitan. Si renunciásemos a creer en la divinidad, en la vida de los objetos o en el alma de los animales quedaríamos indefensos frente a la materia inerte.«

«Hallar vida en un objeto inanimado es más que una indulgente contraversión a los mandatos de la lógica: es la expresión espontánea y necesaria del pasmo que produce la consciencia de la propia finitud, nuestra pírrica rebelión contra el hecho ineluctable de que también nosotros terminaremos por ser cadáveres, pura materia inanimada.«

«Antes que aceptar la soledad cósmica –continúa Padilla–, el pensamiento mágico del hombre ultramoderno prefiere asumir que los objetos están vivos, y así en consecuencia tratarlos o maltratarlos. Nos resistimos a entrar en una madurez refractaria al misterio, todavía rechazamos la idea de que lo otro no está vivo. Deslindar las raíces del cómo, el porqué y el hasta dónde de la avidez animista de la sociedad ultramoderna es lo que anima en el fondo este libro».


En este libro encontrarán la confirmación de cómo esa avidez animista convive, en una especie de «etente cordiale», con nuestro más eficaz y pulcro racionalismo. Entre sus páginas descubrirán porqué nuestros mecheros aparecen y desaparecen en lugares insólitos o acaban en manos aparentemente equivocadas; cómo nuestros calcetines, desparejados siempre, se resisten a sucumbir a nuestra disciplina doméstica; cómo los androides y las muñecas mecánicas han dotado de calor hogareño nuestras más tristes soledades en el pasado; o cómo tiernos y adánicos robots recogedores de basura, a la espera de su particular Eva, llenan los cines con historias casi mudas de futuros apocalípticos.

lunes 4 de mayo de 2009

El alción y su vuelo: Consideraciones sobre el título de un libro

Hace unas semanas, con ocasión de la celebración de las V Jornadas de la Asociación Española de Personalismo, cuyo lema fue «El giro personalista: del qué al quién», tuve ocasión de compartir con ustedes mis reflexiones personales sobre este libro (El vuelo del Alción: el pensamiento de Julián Marías), notas a las que llamé «Aproximaciones personalistas al oficio de editor». Los que tuvieron la paciencia de leerme recordarán que el objeto de mi argumentación era hacerles entender mi profesión de editor en clave personalista. A tal efecto creo que fui capaz de mostrarles que el resultado de mi tarea no es la de fabricar nada, sino la de producir, provocar y alentar un encuentro, el del lector con el libro, con este libro.


El libro, desde esta perspectiva, no es un qué, sino un quién, y el encuentro que el editor persigue no es el del lector con una cosa; antes al contrario, tenemos que entender dicho encuentro, entre el lector y el libro, en términos de «comunión de personas», en tanto que el primero empatiza y se deja deslumbrar –como en todo encuentro personal– por lo que el autor quiso transmitirle, en forma de libro.

Hoy me presento ante ustedes como lector, como un lector más de este libro que tengo ante mí. En la radical realidad que es mi vida me encuentro, y, en mi lectura, en mi condición de lector, me encuentro en este instante con esta realidad radicada que es este libro. Este acontecimiento, la lectura de este libro, es una circunstancia concreta de mi biografía personal, que me dice cómo se desenvuelve mi vida. Es decir, mi vida, que se articula en una estructura analítica que denominamos vida humana, y que Ortega condensaba en su Yo soy yo y mi circunstancia, se realiza en concreto en una estructura empírica que patentiza la circunstancialidad y singularidad, absolutamente concretas, de mi vida. Mi lectura, como momento biográfico y acción personal que implica mi condición circunstancial, ejemplifica cómo mi vida acontece dramáticamente, y gracias a ello puedo contársela a ustedes: en pocas palabras, me presento ante ustedes leyendo este libro.


Hemos descrito este acontecimiento como un encuentro: el del lector con el libro. En todo encuentro entre personas, lo primero del otro con lo que topamos es su rostro; aunque sea una pequeña fracción de él, nuestra primera impresión de su rostro puede llegar a ser determinante. En un libro, al igual que en una persona, la condición «delante de la cara», es decir, su cubierta, y en concreto, su título, van a ser esenciales. El título es una realidad que existe hacia delante, es intrínsecamente vectorial. Tiene un carácter proyectivo, programático y viviente. Un libro se nos muestra como promesa de algo ya en su título, y nuestro encuentro con sus páginas vendrá determinado por el éxito de su autor o editor a la hora de decidirlo.


Para ejemplificar la importancia de un título a la hora de presentar un libro en sociedad, podemos recordar aquí las peripecias, a principios de los años cuarenta, de una joven recién casada que ultimaba, tras meses intensos de trabajo, hasta las dos o las tres de la madrugada, mano a mano con su marido, en dos viejas máquinas de escribir (una de ellas prestada), un grueso montón de cuartillas que, una vez entregadas a su editor, generaron un serio problema con la censura. Los censores, con el libro en la mano, no pudieron dar el visto bueno a su título original, España como preocupación, porque «Dolores, Franco, España y preocupación» juntos en la cubierta hacían mal efecto. Cuando la política condiciona la cultura, la estética se convierte en cosmética. El título, tras el paso por la censura franquista, se llamó en su primera edición La preocupación de España en su literatura. Un libro, pues, maquillado, como aquellos rostros que, o bien ocultan su defecto, fabricando una ilusión, o bien subrayan su apariencia, seduciendo en busca de una reacción forzada.


El título del libro es su rostro, su cara. En la cara encuentro a la otra persona, y cualquier parte del cuerpo depende fenomenológicamente de ella, es decir, pertenece a aquella persona en concreto. Pues bien, de la misma forma, el título que figura en la cubierta de un libro, localiza a ese libro, es decir, me lo hace presente de una forma concreta. El título es el espejo del libro, el título es el libro mismo, visto, presente. No podemos abusar de la analogía, pero bien es cierto que el autor y su editor se la juegan cuando deciden qué título poner al libro que tienen entre manos, porque va a ser la carta de presentación del mismo para el librero, para el bibliotecario, y en definitiva, para el comprador y el posible lector.

El anhelado encuentro del libro con su lector vendrá determinado, pues, por su cara, por su título, su rostrum, que, como nos explica D. Julián Marías, es el pico de las aves y secundariamente el hocico de los animales. Curiosa esta etimología utilizada por Marías, que nos sale al encuentro en la presentación, precisamente, de este libro.

En el título de nuestro libro hemos recurrido, los autores y el editor, entenderán ustedes que no de manera inocente, al nombre de un ave que Marías elevó a la condición de animal totémico de su pensamiento. En su elección del alción (alcedo atthis o martín pescador) Marías cumplió con una larga tradición, según la cual los filósofos de todos los tiempos han recurrido al reino animal para inspirarse a la hora de desarrollar sus ideas. Con el alción Marías hizo su peculiar contribución a una, si me permiten, rastreable zoo-biografía de la filosofía occidental.


En el Fedro, Platón ya nos describía el alma de los dioses como aquella yunta alada, guiada por su auriga, cuyos caballos son buenos y de buena casta; en cambio, sostiene Sócrates, el alma de los hombres es difícil de gobernar, como aquella pareja de caballos mixta, en la que uno es bueno y hermoso, y el otro, lo contrario.

Maquiavelo, en sus enseñanzas de cómo han de guardar su palabra dada, recomienda a los príncipes utilizar correctamente la bestia que llevan dentro, y elegir entre la zorra y el león. El príncipe no deberá elegir al león, porque no se protege de las trampas, y tampoco a la zorra, que no se protege de los lobos. Deberá, elegir, en cambio, a los dos, de tal manera que para actuar con éxito el príncipe deberá ser zorra para conocer las trampas y león para amedrentar a los lobos.

Locke, en sus deliberaciones sobre lo que es el hombre, recurrió al viejo loro que fue propiedad del príncipe Mauricio, de Nassau, cuando gobernó Brasil; y Nietzsche nos cuenta el encuentro de Zarathustra en el desierto con el camello del espíritu de la veneración y de la humillación, antes de su primera transformación en león, en busca de la libertad.


Ortega, para el logotipo de la editorial Revista de Occidente, recurrió a la lechuza de Minerva, la antigua Palas Atenea, la Virgen, la Diosa de los brillantes y resplandecientes ojos, de mirada viva y penetrante, como la mirada de las pequeñas lechuzas, con las que custodia durante la noche la Acrópolis, en cuyo Partenón se atrevió Fidias a esculpirla; la que había nacido de la propia cabeza de Zeus, con el hacha de bronce de Vulcano por partera; la que inventó la flauta y la danza; la Diosa de la Guerra, a quien dedican el gallo, ave animosa y peleadora; y, por tanto, protectora de la Paz, de la Filosofía y de las Artes. Ortega utilizaba una imagen proveniente de aquella tradición clásica que Hegel había recuperado del olvido al final del prefacio a su Filosofía del Derecho, aunque debido a la falta de precisión científica del filósofo alemán (al utilizar el genérico eule para referirse al bicho de Minerva), y gracias a las desafortunadas mañas de los traductores de su obra al castellano, el animal de marras unas veces ha sido «búho», otras «mochuelo» y la mar de las veces «lechuza».

Julián Marías recurre por primera vez al alción como ave totémica en los años cincuenta, en una conferencia titulada «Ataraxía y alcionismo». El alción adquirirá no sólo la condición, en los años setenta, de nombre y logotipo de la colección de sus Obras Completas en volúmenes individuales, sino además un carácter programático en su pensamiento.


Según el mito clásico, que aparece entre otros en el capítulo XI de Metamorfosis de Ovidio, los «días alciónicos», nos cuenta Marías, eran los siete días anteriores y los siete días posteriores al solsticio de invierno, en los que Zeus ordenaba a los vientos que cesaran de soplar, para que los alciones –Ceyx y Alcyone, víctimas de la cólera de Zeus y Hera– pudieran hacer sus nidos, sin que la tempestad los arrastrara. En medio del invierno, tiempo de tormentas y tempestades, los vientos, durante unos días, se muestran clementes, dejan de soplar, y se hace la calma. Cuando las olas se serenan y permanecen quietas y sosegadas, el alción alza su vuelo y aprovechando esa quietud construye diestramente su nido, pone los huevos y se prepara para hacer frente de nuevo a todas las tormentas.


Para Julián Marías, el mito del alción, «animal totémico de nuestro mundo» (su mundo en aquellos años), se muestra como la culminación de la interpretación activa, lúcida y humana del sosiego, y su vuelo como gesto que dibuja de forma poética el género literario en que el filósofo ensayista expresará su pensamiento.


María Zambrano, en su siempre poliédrico ensayo sobre la Confesión, declaraba que «lo que diferencia a los géneros literarios unos de otros es la necesidad de la vida que les ha dado origen». «No se escribe ciertamente por necesidades literarias –matiza Zambrano– «sino por necesidad que la vida tiene de expresarse». Pues bien, Julián Marías, cuya piel de elefante –como afirmaba Lolita– era impermeable al maquillaje eligió el ensayo, por su serenidad, ajena a tormentas y modas, como el género literario más idóneo para expresar su pensamiento, y de suyo, contarse a sí mismo. Es diciembre de 1956 cuando el vuelo del alción logró plasmar, de forma estética, casi poética, las bases de su labor filosófica, fruto del sosiego y la reflexión pausada, alciónica.




Su labor intelectual siempre ha tenido un carácter de militancia, para lo cual ha sido menester aceptar su inactualidad; en su práctica debió de ir a contrapelo de las vigencias; a pesar de las tormentas, su reflexión estimó lo que verdaderamente parecía estimable y era digno de estima; y desdeñó todo aquello que, por muy elogiado que fuese, en el fondo había que desdeñar por ser inoportuno. Marías ejerció su labor intelectual en términos de vocación y de compromiso, y se atrevió a ser ensayista, pasase lo que pasase –«aunque sea precisamente que no pase nada ni le hagan a uno caso»–.



Esto le llevó a escoger el símbolo del alción como «animal totémico» del filósofo. Muchos años más tarde, a finales de los ochenta, Marías nos aclara en sus Memorias que el animal elegido «no podía ser el gusano de seda, que saca el hilo de sí mismo; ni la avestruz, que oculta la cabeza en la arena, según dicen; ni el toro, que sigue el trapo rojo y va donde el torero quiere que vaya». En los «días alciónicos», «el filósofo debe ser el que hace la calma, se sosiega a sí mismo y procede serenamente en medio de la tormenta; que en el fragor de cualquier hora busca su minuto alciónico».



Por fin, este libro que tengo en mis manos, da la cara para desvelar no sólo el trabajo realizado por este magnífico equipo de estudiosos de la obra de D. Julián Marías, sino el sentido profundo del pensamiento de un filósofo que reclamaba la quietud y el sosiego como la estructura empírica imprescindible de la circunstancialidad del ensayista en acción.


El maestro del ensayo, Michael de Montaigne, al presentar sus Ensayos afirmaba que él mismo era la materia de su libro. En la modesta palabra «ensayo», todo filósofo, como D. Julián, se muestra con la humildad de aquel que sabe que su acercamiento a la realidad tratada será siempre por aproximación, que no hay nada cerrado en lo que plantea, sino un espacio abierto de encuentro y descubrimiento. Lo verdaderamente esencial en cada ensayo no reside en el objeto de que se ocupa, sino más bien, en las preguntas a las que lo somete. Y en ese movimiento pendular, de la realidad radical (su vida, la de D. Julián, como ensayista, mi vida, como lector) a la realidad radicada (este libro), el ensayista se convierte en materia de su propio informe.


Descubramos pues, en este título sugerente, tras el que se esconde, como tras toda cara, un misterio al que se nos reta a descubrir, una verdadera invitación a conocer algo más de la vida y la obra de D. Julián Marías. Y que estas deslavazadas reflexiones mías sirvan para despertar en ustedes la suficiente curiosidad –madre del conocimiento– como para alentarles a su lectura.

jueves 26 de marzo de 2009

Leer, leerse, leer el mundo

Una de las constantes de los programas de animación a la lectura lanzados en los últimos años por las distintas instituciones públicas y privadas es la de la reivindicación del libro como un objeto semimágico, al que hay que rendirle cierta veneración –ciertamente progresista y atea–, y de la lectura como un fin en sí mismo o como un instrumento para algo. "Leer" siempre aparece entonces acompañado por una carabina, la preposición "para", bajita y contrahecha, que marca una condena pragmatista, inexorable, bola de hierro con cadenas que el lector ha de arrastar en su peregrinar libresco. La lectura queda dignificada, legalizada por tanto, si sirve "para aprender", por ejemplo.

Entre mis manos paladeo estos días el libro de Víctor Bravo, Leer el mundo, que contra este tipo de discursos, reivindica la lectura en su vertiente estética, como una experiencia única e irrepetible. Algunos proclaman la experiencia gozosa del leer, el placer de la lectura, como constatación del ejercicio de la libertad del individuo. De tal manera que, como ya he señalado en anteriores ocasiones, el único lema que debería amparar una campaña de animación a la lectura sería: "si quieres, lee", como bien apunta mi buen amigo Juan Domingo Argüelles. Bravo cimenta metafísicamente el acto radicalmente humano de la lectura, rastreando sus orígenes en la condición o existenciario exclusivo del hombre, "el único animal que mira al cielo": el lenguaje.

"El hombre que habla es, inmediatamente, el hombre que cuenta". La oralidad está en el origen de todo. Y el hombre habla y se cuenta. Somos narradores, pero somos en tanto que somos narrativos, y si quieren, narrables. "La primera condición del lenguaje es la oralidad y el hombre, carne de temporalidad, ser del límite, de la estrechez de lo efímero, hace de lo real el acontecimiento y de su nombrar un contar".

Hablamos, y desbrozamos asombrados al nombrarlo el misterio de lo que tenemos ante nosotros. "Quien lee atiende a la primera apetencia que es la del hombre, la de conocer, pues leer en el libro sobre el mundo deriva en leer el mundo como libro". Al leer, leemos el mundo, y nos leemos/contamos a nosotros mismos. Con todo ello, el lenguaje, según Bravo, adquiere una nueva textura: ya no es aquella "transparencia" que debíamos atravesar para señalar las cosas del mundo; ahora descubrimos que el lenguaje es una "densidad", "una atmósfera donde penetrar, donde sumergirse para la revelación de los enigmas del mundo; y del mundo como enigma".

¿Apetecible, no?


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Víctor Bravo, Leer el mundo: Escritura, lectura y experiencia estética. veintisieteletras, 2009.

jueves 5 de marzo de 2009

Tras los pasos del paseante: Walser visto por Sebald

El paseante solitario es una bella aproximación a la vida y la obra del escritor suizo Robert Walser (1878-1956). En esta sociedad de lo efímero por no pesado, de la nanotecnología, de las comunidades virtuales, del amor líquido, en definitiva, en esta sociedad líquida -según la peculiar terminología del sociólogo polaco Zygmunt Bauman- Sebald nos invita una vez más a volver los ojos a la escritura apretada y a lápiz de Walser.
Sus microgramas, escritos a lápiz, que embadurnaron cientos de páginas y papelillos, son metáfora líquida para estos tiempos líquidos. En palabras de Sebald, "todo lo que está en estos libros incomparables tiene tendencia, como quizá hubiese dicho su autor, a evaporarse".
Tiempos difíciles los nuestros para el compromiso, para lograr desbrozar nuestra identidad personal; Sebald nos desvela, más allá de la neurosis que llevó a Walser a pasar sus últimos años de vida en el manicomio de Herisau, la identidad líquida de su autor, que se despersonaliza y diluye en su escritura a lápiz.
"Desde el principio sólo estuvo ligado al mundo de la forma más fugaz", apunta Sebald. Walser se convierte así en un referente indiscutible para esta sociedad líquida: "no era un visionario expresionista que profetizara el fin del mundo, sino... un vidente de lo pequeño"; "sus escenas sólo duran un parpadeo y también a las figuras humanas de su obra se les concede la vida más breve". Escritura callada, anónima, "que rehúsa los grandes gestos". Mi invitación: lean a Walser.
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El paseante solitario, W.G. Sebald, Siruela, 2007.