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miércoles, 9 de septiembre de 2009

De regreso de mi "sueño oriental". Entre Venecia y Constantinopla


Los regresos siempre son duros. Mi silencio de estos días es significativo, no logra más que disimular la nostalgia de los días dorados, la melancolía por el retorno, la esperanza ilusionada por volver... Contemplo, como De Amicis, del que ya he hablado en alguna ocasión, la senda que marca el barco en su partida de vuelta: «¡Mi bello sueño oriental ha concluido!», última línea de su maravilloso libro dedicado a una Constantinopla que ya no existe, allá por finales del siglo XIX.


Descubrí Constantinopla gracias a Pamuk, con cuyo Estambul bajo el brazo he disfrutado lo suyo estos días de veraneo, que no de vacaciones, como decía nuestro amigo Constantino Bértolo. La melancolía que a De Amicis le producía la partida le hace acordarse de otro desterrado, de Ovidio, cuyos versos inspiran al italiano: «quocumque auspicias nihil est nisi pontus et aer…». En el frío destierro escribió el poeta las Pónticas. «Adonde quiera que miro, no veo sino mar y cielo el uno, hinchado por las olas».

Constantinopla desaparecía en el horizonte ante la mirada ya nostálgica de De Amicis: «Las dos márgenes de Asia y Europa se reducen a dos tiras negras… Pero la veo todavía a mi querida Constantinopla…». Para un enamorado de esta ciudad, la partida se hace traumática, fuente constante de inspiración: “Más que por la belleza, Constantinopla es una ciudad en que no se puede habitar algún tiempo sin recordarla después por toda la vida con un sentimiento de casi nostalgia. Por eso también los europeos la aman con entusiasmo y echan allí profundas raíces”.

Hago mías las palabras de De Amicis, pero para recordar ahora la impronta que me ha dejado esta cuarta estancia en Venecia. El recuerdo permanecerá vivo, muy vivo, hasta que retorne en un par de años… Comparto con vosotros uno de los tesoros que he traído conmigo: Una postal que nunca escribí, porque al fin mis planes de acercarme a Trieste, ciuadad de Magris, de Zvevo, de Joyce, de tantos..., se vieron truncados por la maldición de aquél que sucumbe ante la poderosa belleza de esta ciudad, que te atrapa y seduce, que te retiene, una vez más… Una postal enviada desde Trieste en 1919, con «recuerdo afectuoso», que recibió alguien en alguna pequeña pensión veneciana… Un afecto que ha permanecido latente desde el 20 de agosto de 1919, como anuncia el matasellos, en forma de recuerdo postal que en su día llegó en tren atravesando la laguna y hoy, tras un viaje en avión, descansa entre los libros de mi biblioteca veneciana.


Con Pamuk viajé de Venecia a Estambul, y de su mano, de la de Amicis y Runciman (su libro sobre la Caída es imprescindible), redescubrí también la Estambul más literaria, Constantinopla, «de día la ciudad más espléndida de Europa, y de noche la ciudad más tenebrosa del mundo». Con Pamuk también descubro nuevas razones para leer, para seguir leyendo y para seguir escribiendo:
«¿Por qué escribo? ¡Escribo porque me sale de dentro! Escribo porque soy incapaz de hacer un trabajo normal como los demás… Escribo no para contar una historia sino para crear una historia. Escribo para librarme de la sensación de que hay un sitio al que debo ir pero al que no consigo llegar, como en un sueño. Escribo porque no consigo ser feliz. Escribo para ser feliz», leo en La maleta de mi padre.
Pamuk me sale al encuentro, además, precisamente estos días, para mí cargados de recuerdos y nostalgias. He comenzado Otros colores y leo en «Mi padre»: «La muerte de cada hombre empieza con la de su padre». Días de nostalgia, días llenos de buena literatura, retorno del laberinto y nuevos comienzos, con proyectos, con la ilusión de volver a tanta belleza…
«Los últimos restos de la neblina se desvanecen, y el tono claro oscuro azulea, resplandece, cabrillea, brilla, ¡es agua, es cristal, es un espejo, es una rada, es un estrecho, es un mar!, ¡ya son dos mares!...».
Días dorados de lecturas y sueños... Seguiremos leyendo, seguiremos soñando.

miércoles, 22 de julio de 2009

DE CAFÉS POR VENECIA

Los cafés literarios, esos lugares de la escritura, como nos cuenta el siempre brillante y seductor Claudio Magris, están irremediablemente ligados a la intrahistoria de cientos de escritores, pensadores y literatos que han mal vivido, durante horas, en sus salones, y escrito sobre sus mesas, en tardes soporíferas de espeso café y, antes, denso humo de conversaciones, tertulias y trifulcas.
Fernando Pessoa, Joseph Roth, Stephan Zweig, el propio Claudio Magris han sido habituales pensionados en cafés literarios de Lisboa, Viena, Berlín o Trieste. Un libro que me fascinó y que repasa la historia de los cafés como espacios literarios es el de Antoni Martí, Poética del café. Pero hoy quiero hablar de dos cafés en concreto, que redescubro literariamente gracias al libro de William Dean Howells, en su libro Vida veneciana, del que últimamente no dejo de escribir.
Howells vivió una Venecia ya decadente, que había perdido su brillo y esplendor, precisamente con la caída de la República Serenísima allá por 1859, por culpa del tratado firmado a espaldas de Italia entre Napoleón III y Francisco José de Austria, por el que Venecia quedó en manos austriacas. La presencia de los austriacos no ha quedado como un recuerdo anecdóctico en la vida de los venecianos, sino que su presencia se sigue haciendo notar en el día a día de la ciudad, tanto en la laberíntica numeración de sus casas (numeros rojos sobre campo blanco en elipsis), como en los dulces de sus pastelerías.
En esos años en los que Howells residió en Venecia, 1861-1865, la dominación austriaca se hizo más intensa en las disputas entre Austriacanti e Italianissimi, frecuentadores respectivamente del Café Quadri y del Café Specchi, este último hoy desaparecido. El Quadri, inaugurado en el lejano 1775 por Giorgio Quadri, que lo abrió al público como café turco, otra reminiscencia austriaca, tenía como habituales en su momento a Stendhal, Wagner, Balzac o Proust.
De los cafés de Venecia, brilla con especial luz el Café Florián, el café literario por excelencia, "atestado de turistas de todas las naciones" ya en tiempos de Howells. Inaugurado el 29 de diciembre de 1720, fueron clientes asiduos personajes de la talla de Casanova, Goldoni, Lord Byron, Goethe o Rousseau. El Florián se convirtió en tiempos de la dominación austriaca en el terreno neutral donde los dos bandos hostiles aceptaban encontrarse de forma distendida.
Y es que la esencia del café literario es precisamente su diplomacia, esa "academia donde no se enseña nada, pero se aprenden la sociabilidad y el desencanto". Magris, en su libro Microcosmos, nos invita a conocer su café preferido, el San Marco, de Trieste, pero sus reflexiones sobre su lugar de escritura trascienden lo local para convertirse en una verdadera poética del café como espacio literario. "Entre sus mesas no es posible hacer escuela, crear alineamientos, movilizar seguidores e imitadores, reclutar discípulos. En este lugar del desencanto... no hay sitio para falsos maestros".
Volveré pronto al Florián, a que me sableen con gracia y mucho estilo, y degustar esa sensación única de anonimato, de desarraigo que todo viaje interior tiene, de decadencia al contemplar una Piazza abarrotada de palomas y turistas. Y allí comenzará mi verdadero viaje: "Sentados en el café, se está de viaje; como en el tren, en el hotel o por la calle, uno tiene consigo poquísimas cosas, no se le puede adjudicar a nada ninguna vanidosa marca personal, no se es nadie. En ese anonimato familiar uno puede pasar desapercibido, desembarazarse del yo como de una mondadura".
Si me encuentras en el Florían, no me saludes, posiblemente no sea yo.