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viernes, 13 de febrero de 2009

Del qué al quién: Aproximaciones personalistas al oficio de editor

Permítanme compartir con usted una idea: ningún niño quiere ser editor de mayor. Es más, si le preguntamos, no tendrá una idea muy clara de en qué consiste este trabajo, y desde luego, no sabrá que los que nos dedicamos a esto de los libros lo valoramos no en términos de empleo –siempre mal remunerado– sino en términos de tarea y oficio, en definitiva, de vocación. Aún así, el niño con el que hablamos no tendrá muy claro si somos escritores –ya que "hacemos" los libros– o imprenteros –ya que "fabricamos" los libros–. Difícil tarea la del editor, que tiene que dar cuenta, cada día, de las razones de su oficio.
Mi llamada a los libros es tardía. En mis lecturas universitarias logré alcanzar al menos esta certeza: que no soy un tigre y que, por lo tanto, todo lo tengo por hacer, incluso yo mismo. Con los años, aprendí que, puesto que no soy un ángel, no puedo mirar constantemente hacia atrás para lograr dotar de sentido a mi quehacer diario, que muchas veces aparece como una ciudad en ruinas, con tintes apocalípticos. Es más, gracias al maestro Marías, descubrí con cierto alivio, que toda trayectoria vital, personal, tiene su razón de ser en la dirección a la que apunta, y no en la coyuntura vectorial y puntual –siempre biográfica– de la que parte.
Y embargado de ilusión, que no iluso, emprendí hace unos años una nueva trayectoria (¿acaso hay nuevas trayectorias en una vida que se sabe llamada a la autenticidad?, ¿acaso no parten todas de esa realidad radical que es mi vida? ¿acaso no son todas ellas personales?). Esta trayectoria, la de editor, venía a completar otra iniciada, nunca por azar, hacía ya años: la de librero. Un editor que ha sido librero tiene una perspectiva muy peculiar de su oficio: Sabiendo que todo hombre es futurizo, cuánto más este oficio que vive por y para el futuro, no para el presente ni para el pasado. ¿En qué consiste ese futuro? ¿Podemos intuirlo en clave personalista?
Uno de mis maestros en la edición, el italiano Giulio Einaudi, me dio la pista hace años de por dónde habría de trazar la línea de mi trayectoria editorial. Su distinción entre "edición-no" y "edición-sí" supuso todo un descubrimiento para mí. Según Einaudi, a la "edición-no" le preocupa sólo el hoy, invade las librerías con cientos de ejemplares de la última novedad que considera vendible, por frívola que sea. Soporta devoluciones colosales, pero inunda los mostradores de los libreros haciéndoles la vida sumamente difícil. La "edición-sí", en cambio, no publica a ciegas, responde a la edición cultural, trata de englobar cada título en un programa innovador, de que sea una revelación mental, grande o pequeña, la apertura de un nuevo mundo, por minúsculo que sea.
Me permitirán ustedes que marque aquí una línea, que a veces no parece muy clara, entre las dos maneras de afrontar la labor editorial, que responden a la inevitable condición bifronte del libro como mercancía de consumo, por un lado, y objeto cultural, por otro.
La "edición-no" responde a una lógica mercantilista y de rentabilidad que toda editorial tiene y ha de tener en tanto que empresa con ánimo de lucro, algo legítimo en todo empresario que, como persona siempre está por hacer, pero que tiene que comer todos los días. En ese sentido, la "edición-no" responde a la edición de consumo, que aunque puede llevar a cabo una labor de cierta calidad, en contenido y forma, publica sin embargo cualquier cosa que tenga una posibilidad de venta. Su aspiración es la novedad de hoy –que deja de serlo mañana–, la compra por impulso y el best-seller. Para la "edición-no" lo que importa es el mercado de masas, la rentabilidad de cada proyecto, el retorno de la inversión. Los libros son puras mercancías, puros objetos de consumo, analizables en términos estadísticos, volumétricos, algo que responde a kilos y metros cúbicos. Y en definitiva, algo que tiene su razón de ser en los ejemplares vendidos. Estamos en el reino del "qué", donde la finalidad de toda la tarea empresarial es la cuenta de resultados. Y el "qué" de la "edición-no" no deja de ser el "producto" de mercado que pretende vender.
La "edición-sí", en cambio, tiene otro horizonte de sentido. Para Einaudi ésta aspira a lo nuevo, que no a la novedad. Su condición es aventurera, descubridora, oteadora, y en ese sentido, reflexiva, paciente, en definitiva, alciónica. Toda "edición-sí" tiene un marcada vocación de "aggiornamiento" y vertebra su labor en un ligero pero resistente esqueleto, el catálogo, donde diseña y perfila las trayectorias de dicha empresa, sus colecciones, que se alimentan a base de sangre, sudor y lágrimas. Las exigencias del editor-sí con su catálogo vienen determinadas por la vocación a la autenticidad, a la singularidad del proyecto editorial soñado e imaginado por el editor. Por tanto, mientras que las tiradas, por ejemplo, en la "edición-no" vienen supeditadas a las exigencias del editor, que posiciona su "producto" en un mercado de masas, al que quiere llegar intensiva y extensivamente, las de la "edición-sí" vienen calibradas por las exigencias del lector, destinatario final de la labor del editor, lector auténtico y fiel, al que el "editor-sí" conoce bien y al que se dirige selectivamente.
Asistimos aquí, pues, al giro personalista de la edición, del "qué" al "quién", del "mercado" al "lector", o, en términos de marketing, del "producto" al "cliente". Si todo libro es un Jano bifronte, todo editor no deja de ser también un trabajador que ha de reconciliar su labor cultural con su actividad empresarial. No obstante, no podemos caer en el dualismo antropológico y erigir al editor en una especie de apóstol de la edición y de la cultura, que viene a redimir a las masas de su incultura y analfabetismo crónico. El "editor-sí", sin renunciar a su vocación y a su proyecto, su catálogo, vertebrará su labor, de forma estratégica, decidiendo muy bien a qué mercado quiere dirigir su oferta. Porque no hay un solo mercado, sino que el de los libros es un mercado de mercados, o como a los economistas les gusta señalar, de nichos. Evitando el maniqueísmo, respeto la tarea llevaba a cabo por el "editor-no", pero no me puedo identificar con él. Mi vocación, que descubro y confirmo cada día, tiene su dirección marcada no hacia la masa del mercado, sino hacia el lector concreto.
Como me recordaba hace poco un teórico de la economía long-tail (larga cola), el consumidor-medio, en este caso, el lector/comprador-medio no existe, es una entelequia pergeñada por financieros y economistas. Cuando edito he de pensar, pues, en un lector concreto, en una persona, y en las motivaciones que le pueden llevar a elegir mi libro de entre los muchos, cientos, que se exhiben en una mesa de novedades o, la mayoría de las veces, en el estante de la sección correspondiente, con suerte localizable por orden alfabético de autor (apellido, por favor), o por título (inencontrable). Entender mi profesión, pues, en clave personalista, me hace descubrir, no sin cierta tristeza, que el resultado de mi tarea no es la de fabricar nada, sino la de producir, provocar y alentar un encuentro, el del lector con mi libro.
Pero ojo, ya que estamos en clave personalista, el libro tampoco es un qué, sino un quién. El encuentro, al que el editor nunca asiste, no es el del lector con una cosa. No podemos sacralizar al objeto libro, dotándolo de ciertos poderes o de un carácter ontológico que no posee. Eso es beatería del libro, sacralización profana de un objeto destinado a no brillar por sí mismo. Al igual que el editor, el libro ha de llegar a hacerse invisible en el encuentro del lector con el contenido que late tras cada palabra, línea, párrafo y página. Si en la lectura el lector topa y se hace consciente del tipo de letra, del interlineado, del gramaje del papel y del tipo de encuadernación, el libro se hace patente por encima de su contenido, y el editor adquiere un protagonismo al que nunca está llamado. Querido editor: en esta película, el protagonista no eres tú.
Hablaremos, pues, del encuentro entre el lector y el libro en términos de comunión de personas, en tanto que el primero empatiza y se deja deslumbrar –como en todo encuentro personal– por lo que el autor del segundo quiso transmitirle. A ese encuentro el editor nunca asistirá, es un momento íntimo, irrepetible, intransferible. El editor sabrá que su misión está cumplida y que ese encuentro se ha producido cuando, pasados los meses y los años, paseando por sus almacenes, descubra con satisfacción que el volumen de ejemplares de la edición de este último libro, "El vuelo del Alción", se ha reducido considerablemente o, en el mejor de los casos, en el lugar que ocupaba el palet, tan sólo queda una pegatina que recordaba el título y el código de barras de referencia de un libro del que ya no quedan ejemplares.

jueves, 8 de enero de 2009

El efecto hormona: El mercado de la literatura juvenil

El pasado sábado se publicó en Babelia un artículo de fondo dedicado a la literatura juvenil, en el que, bajo el lema "A la conquista de los lectores perdidos", varios escritores y expertos exponían sus propuestas para que los niños no dejen de leer cuando se hacen mayores. Los escritores consultados son conocidos de todos: tres nacionales, Elvira Lindo, Laura Gallego y Jordi Sierra i Fabra; uno internacional, Cornelia Funke. El experto, el sociólogo de la Universidad Complutense Rafael Feito.
De algunas de sus opiniones, me gustaría comentar lo siguente. Todos coinciden en que a partir de los 13 años, los niños, que ya no son tan niños, dejan de leer, o leen menos de lo que era habitual en ellos. Esto preocupa a los escritores, que concienciados de la necesidad del fomento a la lectura, nos recuerdan a lectores y a no lectores que "el principal fin de la lectura no debe ser el didáctico, sino el propio placer de leer". Por si no nos había quedado claro, más adelante alguno subraya: "La lectura es un valor en sí misma".
A aquellos jóvenes que abandonan sus lecturas infantiles o que, tras sus primeros coqueteos frustrados con los libros no-de-texto, no llegan a convertirse en lectores frecuentes, estos escritores los denominan "lectores perdidos". Pero, ¿perdidos para quién?
Me confieso un defensor acérrimo de la lectura y de los libros, pero reconozco que sentencias como las que descubro en este artículo me suscitan cierta reserva, y confirman lo que alguno ya ha denominado la dictadura de la lectura y la sacralización del libro. Fundamentar una campaña de fomento de la lectura en la máxima "la lectura es un placer y es un valor en sí misma" no creo que resulte práctica: podrá ser entendida por los lectores frecuentes, pero un lector infrecuente (no creo que exista un no-lector puro) no entenderá nada, precisamente porque su dificultad estriba en comprender que eso tan hostil para él como es un libro pueda darle ningún placer. Recupero aquí una reflexión de Joaquín Rodríguez que vertió en su blog y que ahora recoge su libro: "los libros, para los no lectores, para los que no disponen de las competencias necesarias, son objetos inaccesibles, indeseables por tanto y, por ende, también, los espacios donde se reúnen y se amontonan, las librerías".
Como en todo, hay que buscar culpables, y los escritores entrevistados consideran que la razón por la que los jóvenes no leen es por la "explosión hormonal". "El cuerpo está demasiado ocupado en otras cosas". Sin entrar a analizar este flagrante dualismo antropológico, lo que sorpende de este tipo de análisis es su simpleza, su tosquedad y, por desgracia, reflejan un tópico muy manido. De la hormona adolescente parecen sacar muy buen partido los responsables de marketing de empresas fabricantes de condones y compresas, pero parece que no ocurre lo mismo con el mundo literario y editorial.
Hace unos días leía en el blog de Roger Michelena las reflexiones de Juan Domingo Argüelles sobre el placer de la lectura. No puedo sino estar de acuerdo con él en que la lectura me genera un profundo y en ocasiones intenso placer, pero habrá que entender que nos referimos a una meta, a un punto de llegada. El lector infrecuente no puede partir de una experiencia que aún no posee. Tenemos, por tanto, que imaginar otras estrategias para acceder a este joven, para ser capaces de transmitirle las virtudes de la lectura y el cacareado placer que nos produce a los lectores frecuentes.
Es el turno del sociólogo, que a la explosión hormonal suma la falta de tiempo de los estudiantes, que, junto al estudio y las actividades extraescolares, se reparte con el uso de la televisión. Hace unos días se han publicado las cifras del consumo de televisión en 2008, con una marca histórica de 227 minutos diarios. Lo curioso es que el porcentaje de consumo de televisión en niños entre 4 y 12 años a aumentado en 4 puntos, mientras que en la franga comprendida entre 13 y 24 ha descendido en 2 puntos (deberíamos cruzar estos datos con los del Barómetro de hábitos de lectura y compra de libros elaborado por Conecta para la FGEE). Obviamente no todo es televisión para un chaval de 13 años, y el uso de Internet en esas edades está aumentando considerablemente. De todas formas, el "gran obstáculo", según escritores y experto, para que los chicos se "enganchen" a la lectura está en la escuela y en sus "lecturas obligatorias", cuando según los datos del Barómetro "el 97,4 % de los niños afirma que en su colegio sus profesores les animan a leer". Quizá haya que pedir cuentas al Ministerio de Educación, y no a los profesores. De todas formas, los escritores entrevistados por Babelia subrayan la necesidad de prescindir de los "clásicos", llenos de polvo, para sustituirlos en los planes de estudio por lecturas más "atractivas" para los chicos. Alegan para ello que un 60% de los jóvenes lee los libros "que ellos mismos han elegido" (se refiere, obviamente, a sus lecturas no-de-texto o extraescolares). Aunque alguna opinión discrepa y, más prudente, propone combinar clásicos con populares, los argumentos esgrimidos por los entrevistados ya no sé si rayan en la ingenuidad o en el cinismo. Son autores, precisamente, de los best sellers juveniles más conocidos en España, algunos con cifras millonarias de facturación, y precisamente también, en plantilla de algunos de los grupos editoriales más importantes del país, como SM y Alfaguara. Sus libros, tan populares entre los jóvenes, no sólo han sido objeto de agresivas campañas de marketing, sino que en muchos colegios están prescritos como lecturas recomendadas o incluso obligatorias. El fomento de la lectura -apoyado en la prescripción institucional- es un gran negocio para algunos, un gran mercado que no puede permitirse dejar escapar a "lectores perdidos".
Más allá de buscar culpables, y trascendiendo los argumentos torpes esgrimidos, el fomento de la lectura entre nuestros jóvenes pasa, no obstante, por la implicación de otros actores sociales, que son directamente responsables de que nuestros jóvenes no se animen a leer. El primero la familia, no sólo los padres, sino el entorno familiar, que sin el ejemplo lector, difícilmente puede hacer atractivo al joven la lectura. Es alarmante el dato que refleja el Informe anual de audiencias del aumento en 7 puntos del consumo de televisión en los adultos en edades comprendidas entre los 45 y 64 años, el más alto por grupo de edades. Un segundo actor implicado es el editor: los editores son responsables directos de la falta de interés por la lectura: sus prácticas comerciales son agresivas y abrasivas; su asesoramiento es casi inexistente en psicología del desarrollo a la hora de ajustar contenidos y perfilar los aspectos formales (tipos y cuerpos de letra, interlineados..-) de los libros de su programación editorial, en función de los grupos de edades; el peso de los argumentos comerciales y financieros es determinante a la hora de elaborar su catálogo editorial, de tal manera que el número de ejemplares vendidos en otros países es la razón por la que se decide contratar un título o el argumento esgrimido para dictaminar un veredicto sobre la calidad del mismo. Finalmente, el tercer actor implicado es el librero: sin el librero prescriptor, sin el librero animador a la lectura, las librerías seguirán siendo esos lugares siniestros para los jóvenes. En ese sentido, la labor que están realizando entidades como la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, con su plataforma S.O.L., el trabajo de libreros agrupados como el caso del Club Kirico, o de libreros en solitario como El Dragón lector son dignos de reconocimiento. Que sean ejemplo de lo que padres y maestros podemos y debemos hacer para fomentar el hábito de la lectura entre nuestros hijos y alumnos. Pero para eso, que nos pillen con un libro en la mano, claro.

lunes, 15 de diciembre de 2008

La burbuja editorial

El sector de la edición en España hace ya tiempo que muestra unos síntomas preocupantes en cuanto a la insostenibilidad de sus modelos. Un alarmante estancamiento de la demanda, una sobresaturación de oferta, cuentas de resultados menguantes, una ineficiente gestión de los modelos de negocio y el corsé del precio fijo, llevan a pensar si no ha llegado el momento de proceder a una reconversión del sector en toda regla. Leía en el blog de Javier Celaya que las ventas de libros en octubre en EEUU han descendido un 20% en la edición impresa, mientras que la edición digital había aumentado el 73%. Ante estos datos, hace tiempo hubiese pensado en una situación coyuntural, pero ahora es evidente que se trata de algo estructural y de implicaciones profundas. Y no sólo por el impacto de la crisis económica, sino que el nuevo paradigma digital y la tecnología disruptiva que conlleva está produciendo un efecto tsunami en el sector del libro.
En este sentido, otra entrada de hace unos días en el blog de Joaquín Rodriguez afirmaba: “estoy por pedir un plan de rescate para el sector editorial similar al que las grandes compañías automovilísticas de Detroit han pedido al Presidente”.
Hay que tener en cuenta que la más que previsible llegada masiva de lectores de libros electrónicos en unos meses va a coger con el pie cambiado a los editores, y antes que la burbuja se pinche y estalle, sería necesario ir reconvirtiendo una industria y unos modelos de negocio que son económicamente insostenibles. La digitalización masiva de contenidos es la vía de salida alternativa para el sector. La irrupción de mercados emergentes en estos soportes se constituye en la hoja de ruta de la edición. Seguir diciendo vade retro al paradigma digital es abocar al sector a una reconversión absolutamente traumática, en un plazo de tiempo mucho más cercano de lo que el establishment del sector imagina. Negar la evidencia empírica es una actitud temeraria.
Manuel Gil

jueves, 27 de noviembre de 2008

El nuevo paradigma: Entrevista con Cuqui Weller

El amigo Cuqui Weller, verdadero hombre del Renacimiento, pues reúne en su persona su condición de traductor, periodista, hombre orquesta de la edición, y todoterreno de Literaturas.com, ha tenido la osadía de animarse a entrevistarnos a Manuel Gil y a , con ocasión del lanzamiento de nuestro primer libro El nuevo paradigma del sector del libro.

Y el amigo Weller se descalza con semejante entrada: "Para regocijo de muchos y desazón de algunos, Trama editorial (a la que damos la enhorabuena) inaugura su colección «Tipos móviles» con un más que interesante ensayo de los especialistas Manuel Gil y Javier Jiménez sobre la situación actual del sector del libro en España.
En el trabajo se estudia el papel actual de los protagonistas del sector y se les ofrecen unas cuantas sugerencias, indispensables diría yo; los editores, los distribuidores, los libreros y el precio fijo, a examen, pero no un examen parcial, sino para pasar de curso."

Cuando Manolo y yo concretamos con Cuqui la dinámica de la entrevista (por escrito y a vuelta de correo) no tuvimos la prudencia de sondear cuántas preguntas nos lanzaría. El reto casi nos supera, y como podrás comprobar cuando la leas, lo que está claro es que se leyó el libro de arriba abajo, lo que le agradecemos.

A modo de visión general, Cuqui afirma: "El libro expone con claridad y sencillez todos estos temas, y nos ofrece datos, soluciones, recomendaciones. Los autores no se andan por las ramas y ponen en tela de juicio exclusivamente los temas que necesitan una revisión urgente. Esperemos que gane la literatura y que gane el lector."

Si te atreves, aquí tiene el enlace para leer la entrevista completa. Puedes saborear un café mientras tanto, así que tómate tu tiempo.