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sábado, 21 de febrero de 2009

Encuentro del judío Zweig con el viejo Montaigne

"Podemos lamentar no vivir en tiempos mejores, pero no podemos huir del presente".
Esta demoledora reflexión, con la que he topado estos días, no la he encontrado en ningún periódico de tirada nacional, en el discurso soporífero de ningún político; tampoco la he descubierto en boca de ningún sociólogo de turno, mediático, maquillador y cantarín; ni por asomo la he rescatado de ningún anuncio de paparruchas con los que nos bombardea la caja tonta. Este pensamiento, arrojado como una piedra contra el cristal de las apariencias, produce un duro impacto en nuestra conciencia, que despierta como de un sueño apelmazante e hipnótico, en una llamada a la reflexión y a la esperanza. Pero la sentencia de marras no fue escrita precisamente ayer, sino hace ya cinco siglos, por este ahora rescatado en librerías pensador francés, Montaigne, gracias al buen hacer de Jaume Vallcorba y su siempre impecable Acantilado.
Esta sentencia, que nos obliga a situarnos erguidos ante ella para recibir su impacto y su verdad, supuso también un reto personal y biográfico para Stephan Zweig que, en 1942, en su exilio brasileño, se enfrentó a los Ensayos de Montaigne. Pero no como un simple ejercicio literario, sino poniendo en juego mucho más que su intelecto y su buen hacer narrativo: el sentido de su propia vida. Montaigne le arroja también un guante, y Zweig no se arredra, y responde: "uno vive en su propio siglo, aunque no quiera". El autor austriaco ha sido desposeido de su país, de su lengua, de su identidad, de sus amigos, pero no de su capacidad de reflexión y de su voluntad.
1942: el mundo vive una confraglación inabarcable, que nuestra torpe estadística y bibliografía conmemorativa no puede siquiera asumir, sentir, imaginar. De los totalitarismos, de la guerra mundial, del holocausto, de la Shoah... ¿qué nos queda? ¿Qué nos llega? ¿Qué nos toca, el corazón y la inteligencia? Compramos como borregos el best seller de rayas y asistimos emocionados como ladrillos al estreno de la valquiria millonaria... ¿Qué nos jugamos? Nada.
Zweig sufrió la dictadura, la persecución, el exilio, pero su gran reto lo encontró entre las reflexiones de este pensador francés que le interpelaba desde cinco siglos atrás. "Ni siquiera encerrada, el alma puede descansar cuando el país se agita. A través de los muros y las ventanas sentimos las vibraciones de la época; nos podemos permitir una paussa, pero no podemos eludirlas del todo".
A pesar de la distancia y el exilio, Zweig lucha, contra la tiranía y la sinrazón, contra "los dictadores del espíritu que, con arrogancia y vanidad, querían imponer al mundo sus novedades y para quienes la sangre de cientos de miles de hombres nada importaba, con tal de salir victoriosos". La lucha que mantuvo Montaigne la hace suya Zweig, quien ahora, a los que le leemos, nos pasa el testigo. Zweig nos recuerda que Montaigne, "desde lo más profundo de su alma, odiaba a los reformadores profesionales del mundo, a los teóricos y expendedores de ideologías". Han pasado ahora más de sesenta años de estas reflexiones, y el mensaje de Zweig sigue latiendo en nuestras conciencias, para aquellos que creemos en la libertad. Para el austriaco, a pocos meses de su suicidio, Montaigne libró una lucha "por conservar la libertad interior, quizá la lucha más consciente y tenaz que jamás ha librado el hombre".
Sus libros, su obra, sus reflexiones, siguen vivas en nuestras manos, afortunados lectores que disfrutamos con ellas, pero tras estos sus libros late su espíritu y su grito, su llamada una vez más contra las tiranías, las demagogias, las ideologías totalitarias, que siguen presentes en nuestro mundo, con su puño agarrotando nuestras conciencias y nuestra libertad. "Sólo aquel que se mantiene libre frente a todo y a todos, conserva y aumenta la libertad en la tierra". Montaigne late con más fuerza aún en este libro de Zweig, que nos recuerda que lo más difícil del mundo es "vivirse a sí mismo, ser libre y serlo cada vez más".
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Stephan Zweig, Montaigne, Acantilado, 2008.

lunes, 9 de febrero de 2009

La locura de los libros

El protagonista de esta historia reúne la triple condición del desplazado, el outsider y el sospechoso, o en otras palabras, el ser ruso –en un Imperio astrohúngaro que se desploma y se refugia en discursos nacionalistas; el ser judío –en un país cargado de antisemitismo xenófobo; y el vivir sin papeles, porque conrideraba que no los necesitaba. Mendel es un hombre de libros, que no se mete con nadie, y que lleva una vida apacible, cabalística y solitaria, que un buen día se vuelve un elemento peligroso para el sistema. Porque lo que le hace culpable de lesa majestad es confraternizar con el enemigo declarado por medio de una aparentemente inofensiva correspondencia, que a ojos del aparato del Estado, se vuelve como menos sopechosa. Mendel cobra realidad para el sistema totalitario precisamente cuando éste lo despersonaliza y lo reduce a individuo que realiza actividades antipatrióticas. Como nos apunta Villoro, "la frontera es la línea donde la identidad vale menos que su representación". Y efectivamente, escritores de frontera como fueron Walter Benjamin, Joseph Roth o el propio Stephan Zweig, por su prosa militante, de denuncia, se convierten en escritores de frontera, individuos perseguidos por un sistema totalitario que los quiere silenciar, precisamente por lo que representan. Mendel, al igual que su creador, es una persona singular, peligrosa para el funcionario de turno, porque es único e irrepetible, y en ese sentido, impredecible y amenazante: "Todo lo que es único –nos dice Zweig– resulta día a día más valioso en un mundo como el nuestro, que de manera irremediable se va volviendo cada vez más uniforme". El sistema totalitario, léase el nazismo o la sociedad de consumo, se lleva mal con las singularidades, con las personas, con la autenticidad. Uno y otro prefieren el trato con la masa, con el consumidor, con las tendencias de mercado. El nazismo envió a las cámaras de gas a aquellos que no se adaptaban a su modelo de sociedad; el capitalismo neoliberal y la sociedad de mercado nos integran a todos en una sociedad que encuentra el sentido de la vida en el consumo. Ahora más que nunca se nos plantea a cada uno de nosotros la pregunta por el sentido de nuestra vida. Todos somos Mendel, de alguna manera, y hemos de preguntarnos: "¿Para qué vivimos, si el viento tras nuestros zapatos ya se está llevando nuestras últimas huellas?". La locura de los libros de Alonso Quijano le hace lúcido; en cambio, a Mendel, cuando le quitan sus libros, su pérdida le lleva a la locura y a la idiocia, al definitivo olvido de sí y de su mundo; y lo más sangrante, le devuelve, con su cara desencajada, a modo de espejo, la imagen de irracionalidad que el propio estado totalitario oculta tras sus reflejos de orden y jerarquía. Mendel, el de los libros, pierde su sentido, su razón y su vida, precisamente cuando le quitan sus libros, su único canal de comunicación con sus semejantes, en un mundo que ha perdido su capacidad de diálogo y encuentro con el otro. Zweig, al final de su relato, hace un llamamiento a la deseperada: "Los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido". La lectura sigue siendo revolucionaria y sospechosa, porque nos pone en el disparadero de salir de nosotros mismos para descubrir, asombrarnos y encontrarnos con el otro que no soy yo, contigo.
Stephan Zweig, Mendel el de los libros. Acantilado, 2009. Traducción de Berta Vias Mahou. 64 pp. 9 €