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jueves, 8 de enero de 2009

El efecto hormona: El mercado de la literatura juvenil

El pasado sábado se publicó en Babelia un artículo de fondo dedicado a la literatura juvenil, en el que, bajo el lema "A la conquista de los lectores perdidos", varios escritores y expertos exponían sus propuestas para que los niños no dejen de leer cuando se hacen mayores. Los escritores consultados son conocidos de todos: tres nacionales, Elvira Lindo, Laura Gallego y Jordi Sierra i Fabra; uno internacional, Cornelia Funke. El experto, el sociólogo de la Universidad Complutense Rafael Feito.
De algunas de sus opiniones, me gustaría comentar lo siguente. Todos coinciden en que a partir de los 13 años, los niños, que ya no son tan niños, dejan de leer, o leen menos de lo que era habitual en ellos. Esto preocupa a los escritores, que concienciados de la necesidad del fomento a la lectura, nos recuerdan a lectores y a no lectores que "el principal fin de la lectura no debe ser el didáctico, sino el propio placer de leer". Por si no nos había quedado claro, más adelante alguno subraya: "La lectura es un valor en sí misma".
A aquellos jóvenes que abandonan sus lecturas infantiles o que, tras sus primeros coqueteos frustrados con los libros no-de-texto, no llegan a convertirse en lectores frecuentes, estos escritores los denominan "lectores perdidos". Pero, ¿perdidos para quién?
Me confieso un defensor acérrimo de la lectura y de los libros, pero reconozco que sentencias como las que descubro en este artículo me suscitan cierta reserva, y confirman lo que alguno ya ha denominado la dictadura de la lectura y la sacralización del libro. Fundamentar una campaña de fomento de la lectura en la máxima "la lectura es un placer y es un valor en sí misma" no creo que resulte práctica: podrá ser entendida por los lectores frecuentes, pero un lector infrecuente (no creo que exista un no-lector puro) no entenderá nada, precisamente porque su dificultad estriba en comprender que eso tan hostil para él como es un libro pueda darle ningún placer. Recupero aquí una reflexión de Joaquín Rodríguez que vertió en su blog y que ahora recoge su libro: "los libros, para los no lectores, para los que no disponen de las competencias necesarias, son objetos inaccesibles, indeseables por tanto y, por ende, también, los espacios donde se reúnen y se amontonan, las librerías".
Como en todo, hay que buscar culpables, y los escritores entrevistados consideran que la razón por la que los jóvenes no leen es por la "explosión hormonal". "El cuerpo está demasiado ocupado en otras cosas". Sin entrar a analizar este flagrante dualismo antropológico, lo que sorpende de este tipo de análisis es su simpleza, su tosquedad y, por desgracia, reflejan un tópico muy manido. De la hormona adolescente parecen sacar muy buen partido los responsables de marketing de empresas fabricantes de condones y compresas, pero parece que no ocurre lo mismo con el mundo literario y editorial.
Hace unos días leía en el blog de Roger Michelena las reflexiones de Juan Domingo Argüelles sobre el placer de la lectura. No puedo sino estar de acuerdo con él en que la lectura me genera un profundo y en ocasiones intenso placer, pero habrá que entender que nos referimos a una meta, a un punto de llegada. El lector infrecuente no puede partir de una experiencia que aún no posee. Tenemos, por tanto, que imaginar otras estrategias para acceder a este joven, para ser capaces de transmitirle las virtudes de la lectura y el cacareado placer que nos produce a los lectores frecuentes.
Es el turno del sociólogo, que a la explosión hormonal suma la falta de tiempo de los estudiantes, que, junto al estudio y las actividades extraescolares, se reparte con el uso de la televisión. Hace unos días se han publicado las cifras del consumo de televisión en 2008, con una marca histórica de 227 minutos diarios. Lo curioso es que el porcentaje de consumo de televisión en niños entre 4 y 12 años a aumentado en 4 puntos, mientras que en la franga comprendida entre 13 y 24 ha descendido en 2 puntos (deberíamos cruzar estos datos con los del Barómetro de hábitos de lectura y compra de libros elaborado por Conecta para la FGEE). Obviamente no todo es televisión para un chaval de 13 años, y el uso de Internet en esas edades está aumentando considerablemente. De todas formas, el "gran obstáculo", según escritores y experto, para que los chicos se "enganchen" a la lectura está en la escuela y en sus "lecturas obligatorias", cuando según los datos del Barómetro "el 97,4 % de los niños afirma que en su colegio sus profesores les animan a leer". Quizá haya que pedir cuentas al Ministerio de Educación, y no a los profesores. De todas formas, los escritores entrevistados por Babelia subrayan la necesidad de prescindir de los "clásicos", llenos de polvo, para sustituirlos en los planes de estudio por lecturas más "atractivas" para los chicos. Alegan para ello que un 60% de los jóvenes lee los libros "que ellos mismos han elegido" (se refiere, obviamente, a sus lecturas no-de-texto o extraescolares). Aunque alguna opinión discrepa y, más prudente, propone combinar clásicos con populares, los argumentos esgrimidos por los entrevistados ya no sé si rayan en la ingenuidad o en el cinismo. Son autores, precisamente, de los best sellers juveniles más conocidos en España, algunos con cifras millonarias de facturación, y precisamente también, en plantilla de algunos de los grupos editoriales más importantes del país, como SM y Alfaguara. Sus libros, tan populares entre los jóvenes, no sólo han sido objeto de agresivas campañas de marketing, sino que en muchos colegios están prescritos como lecturas recomendadas o incluso obligatorias. El fomento de la lectura -apoyado en la prescripción institucional- es un gran negocio para algunos, un gran mercado que no puede permitirse dejar escapar a "lectores perdidos".
Más allá de buscar culpables, y trascendiendo los argumentos torpes esgrimidos, el fomento de la lectura entre nuestros jóvenes pasa, no obstante, por la implicación de otros actores sociales, que son directamente responsables de que nuestros jóvenes no se animen a leer. El primero la familia, no sólo los padres, sino el entorno familiar, que sin el ejemplo lector, difícilmente puede hacer atractivo al joven la lectura. Es alarmante el dato que refleja el Informe anual de audiencias del aumento en 7 puntos del consumo de televisión en los adultos en edades comprendidas entre los 45 y 64 años, el más alto por grupo de edades. Un segundo actor implicado es el editor: los editores son responsables directos de la falta de interés por la lectura: sus prácticas comerciales son agresivas y abrasivas; su asesoramiento es casi inexistente en psicología del desarrollo a la hora de ajustar contenidos y perfilar los aspectos formales (tipos y cuerpos de letra, interlineados..-) de los libros de su programación editorial, en función de los grupos de edades; el peso de los argumentos comerciales y financieros es determinante a la hora de elaborar su catálogo editorial, de tal manera que el número de ejemplares vendidos en otros países es la razón por la que se decide contratar un título o el argumento esgrimido para dictaminar un veredicto sobre la calidad del mismo. Finalmente, el tercer actor implicado es el librero: sin el librero prescriptor, sin el librero animador a la lectura, las librerías seguirán siendo esos lugares siniestros para los jóvenes. En ese sentido, la labor que están realizando entidades como la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, con su plataforma S.O.L., el trabajo de libreros agrupados como el caso del Club Kirico, o de libreros en solitario como El Dragón lector son dignos de reconocimiento. Que sean ejemplo de lo que padres y maestros podemos y debemos hacer para fomentar el hábito de la lectura entre nuestros hijos y alumnos. Pero para eso, que nos pillen con un libro en la mano, claro.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Requiem por las beatas de la cultura: la desmitificación del libro impreso

En la introducción a El nuevo paradigma del sector del libro, Manuel Gil y yo tuvimos ocasión de alertar sobre la ausencia significativa en la edición española de libros y estudios que reflexionen sobre el pasado, presente y futuro del sector del libro. Aunque en las últimas semanas se han publicado en español y en España dos interesantes libros que tienen que ver con nuestro sector, uno tangencialmente, como es el caso de Javier Celaya, y otro más directamente, como es el de Joaquín Rodríguez, lo que es cierto es que echamos en falta un debate sereno, riguroso y de nivel no sólo sobre los futuros del libro, sino sobre el nuevo paradigma de la edición en general. Como ya apuntamos en su momento, es en Hispanoamérica donde dicho debate está teniendo sus mejores hitos desde hace años. El ejemplo que quiero compartir contigo hoy es el de Juan Domingo Argüelles que, en entrevista con Alejandro Zenker (publicada en el número 7 de la Revista Quehacer Editorial), arremete contra los prejuicios y las, según Zaid, "hipótesis beatas del libro".
Me permito extraer algunos fragmentos de dicha entrevista:
Sobre el libro en papel: "Hemos sacralizado al objeto libro; lo hemos convertido en fetiche y tótem".
Sobre librerías: "Las librerías ya funcionan nada más como exhibidoras durante tres o cuatro semanas de un libro nuevo; inmediatamente después lo devuelven al editor. Después de la novedad, uno encuentra el libro en la librería solamente si lo encarga o por mero azar".
Sobre el libro electrónico: "El libro electrónico es una buena alternativa para hacer llegar el material que necesita un lector y que no encuentra en librerías. El soporte es solamente eso: un soporte. El libro es solamente esto: un libro, es decir, un medio, un instrumento".
¿Libros-papel versus libro-digital?: "El libro en su soporte tradicional seguirá coexistiendo con los demás soportes habidos y por haber, hasta que llegue un día (y, si llega, ¿qué podemos hacer?) en que se extinga si debe hacerlo".
Las nuevas tecnologías: "Las tecnologías avanzan más rápidamente que el tiempo que tenemos para adaptarnos a ellas y luego desecharlas de inmediato. Los libros en soporte tradicional tarde o temprano se hacen polvo; los libros en soporte electrónico, también. Lo importante no es el soporte, sino el contenido".
Lectura, cultura...: "Hay que desmitificar la cultura letrada (no negarla), desacralizarla y revalorar las otras lecturas. Lo importante no es la cantidad de libros que leas, sino cómo los integras a tu existencia para entenderte mejor y comprender mejor a los demás".
Creo que las reflexiones de Juan Domingo Argüelles no tienen desperdicio y enriquecen un debate que en España está aún lejos de alcanzar estas cotas de lucidez y sabiduría. Por estos lares algunos están buscando al eterno lector, especie de Gólem bueno de la lectura y la edición; otros se refugian en el objeto-libro como tótem a adorar; y, en fin, otros lanzan titulares periodísticos y llamativos para neutralizar el fantasma de la crisis. Como K. Marx y Marshall Berman apuntaron "todo lo sólido se desvanece en el aire".

La burbuja editorial

El sector de la edición en España hace ya tiempo que muestra unos síntomas preocupantes en cuanto a la insostenibilidad de sus modelos. Un alarmante estancamiento de la demanda, una sobresaturación de oferta, cuentas de resultados menguantes, una ineficiente gestión de los modelos de negocio y el corsé del precio fijo, llevan a pensar si no ha llegado el momento de proceder a una reconversión del sector en toda regla. Leía en el blog de Javier Celaya que las ventas de libros en octubre en EEUU han descendido un 20% en la edición impresa, mientras que la edición digital había aumentado el 73%. Ante estos datos, hace tiempo hubiese pensado en una situación coyuntural, pero ahora es evidente que se trata de algo estructural y de implicaciones profundas. Y no sólo por el impacto de la crisis económica, sino que el nuevo paradigma digital y la tecnología disruptiva que conlleva está produciendo un efecto tsunami en el sector del libro.
En este sentido, otra entrada de hace unos días en el blog de Joaquín Rodriguez afirmaba: “estoy por pedir un plan de rescate para el sector editorial similar al que las grandes compañías automovilísticas de Detroit han pedido al Presidente”.
Hay que tener en cuenta que la más que previsible llegada masiva de lectores de libros electrónicos en unos meses va a coger con el pie cambiado a los editores, y antes que la burbuja se pinche y estalle, sería necesario ir reconvirtiendo una industria y unos modelos de negocio que son económicamente insostenibles. La digitalización masiva de contenidos es la vía de salida alternativa para el sector. La irrupción de mercados emergentes en estos soportes se constituye en la hoja de ruta de la edición. Seguir diciendo vade retro al paradigma digital es abocar al sector a una reconversión absolutamente traumática, en un plazo de tiempo mucho más cercano de lo que el establishment del sector imagina. Negar la evidencia empírica es una actitud temeraria.
Manuel Gil